En Tormento, Olallo Rubio incursiona por primera vez en el terror acompañado de la fuerza interpretativa de Natalia Solián. Ambos conversan sobre el trasfondo político, los retos de producción y la apuesta estética detrás de una de las cintas mexicanas más esperadas del año.

Aunque Olallo Rubio había sido asociado con cintas de fuerte carga social, Tormento marca un giro decisivo hacia el terreno del horror. El director explica que ese movimiento no fue improvisado, sino un deseo largamente postergado: “Siempre había querido hacer terror; es un género muy cinematográfico, se presta para el manejo de cámaras, para generar atmósferas, para crear expectativa”. Sin embargo, la transición no significó abandonar su mirada crítica. “La película tiene un trasfondo social, incluso político. No es panfletaria, no quería que lo fuera, pero de que está ahí, está ahí”, afirma.
Esa mezcla entre forma y fondo terminó conectándose directamente con la actriz que encabeza el proyecto. Rubio cuenta que el guion se escribió para Natalia Solián, a quien decidió ofrecerle el papel después de verla en Huesera: “Concluí que tenía que ser una mujer de esa edad gracias a lo que vi en Huesera. Escribí el guion para ella”.
La actriz, sin embargo, confiesa que su primera reacción ante la historia fue de completo rechazo. “Cuando leí el guion dije: no hay manera de que yo haga esto”, recuerda. La ambientación en una morgue y el nivel de exigencia emocional la confrontaron con un reto que no estaba segura de querer asumir. “Me gusta mucho ese parámetro energético en el performance, pero esto era un recipiente muchísimo más grande. Me causó temor”.
Ese miedo inicial terminó transformándose en impulso creativo: “Después el rechazo se convirtió en provocación. Primero autoprovocación, luego conocí a Olallo y dije: ok, sí quiero rebotar esta pelota en esta cancha. Quiero hacerlo hasta el nivel que él me está planteando y, si se puede, sobrepasarlo juntos”.

Rodar en una morgue inventada: noches interminables, riesgos y la defensa de una visión
Aunque Tormento parece transcurrir en una morgue real, la producción construyó por completo ese escenario dentro del ex hospital de convalecientes del Centro Médico Siglo XXI. Rubio cuenta que la elección del lugar no fue por su función original, sino por su arquitectura setentera: pasillos amplios, estructuras frías y un ambiente que podía transformarse en pesadilla. “La morgue básicamente nos la inventamos. ¿Cómo debería ser una morgue en este mundo? Era un cascarón lleno de escombros que convertimos en una pesadilla del sur global”, explica.
Además de la construcción del espacio, el mayor reto fue el tiempo. “Se filmó en 16 noches, de seis de la tarde a seis de la mañana. Fue muy desgastante para todo el equipo y para la protagonista”, admite Rubio. Ese ritmo generó una presión que terminó influyendo en la interpretación y en la cohesión del equipo.
Para Solián, el desafío técnico fue solo una parte del proceso. Lo más complejo, dice, fue defender una propuesta estética que, al inicio, no todos comprendían:
“Cuando uno se compromete en un grado personal con un proyecto, el entorno te ve como loco. Había momentos donde el crew dudaba si iba a funcionar lo que estábamos haciendo. Y si no funcionaba, iba sobre nuestros hombros”.
Esa convicción compartida entre director y actriz se volvió uno de los motores creativos del rodaje: “Éramos dos güeyes apostándolo todo por algo que podía no salir bien. Defender eso fue uno de los mayores retos del proceso”, afirma Solián.
En cuanto a las influencias estéticas, Rubio revela un abanico sorprendente: desde Jacob’s Ladder, de Adrian Lyne—una película que, según cuenta, fue una razón para que el director de fotografía Emiliano Villanueva se dedicara al cine—hasta Spielberg, Carpenter y Kubrick. Y confiesa una presencia inesperada: “Otra influencia importante es el heavy metal, particularmente Metallica. Hay canciones específicas que están ahí, en el espíritu de la película. Sanitarium, por ejemplo”.
El lugar de “Tormento” en el nuevo cine de terror: riesgos, búsquedas y resonancias del género
La conversación inevitablemente llega al papel que juega Tormento dentro del panorama del terror mexicano. Para Natalia Solián, hablar del género implica una advertencia clara: “El horror es peligroso; está en la frontera entre la farsa y la comedia involuntaria”. Ese borde, explica, vuelve al terror un territorio donde la potencia simbólica puede perderse con facilidad.
Reconoce, sin embargo, que tanto en México como en otros países se vive un momento de apertura: “Antes las películas de terror eran solo para el ambiente comercial. No existía un Ari Aster en la conversación global. Hoy el género alberga muchas posibilidades metafóricas, y eso ha cambiado todo”.
Su propia experiencia en Huesera fue decisiva para poder asumir Tormento. “Huesera para mí es identidad. Me dio la seguridad de decir: lo que tú eres tiene cabida en un mundo que dice que la regla es opuesta”, afirma. “Ahí entendí que podía hacer un puente entre la expresividad teatral y la cámara. Sin Huesera, quizá no me habría permitido hacer lo que hice aquí”.
Rubio, por su parte, evita clasificar la película dentro de corrientes específicas, pero sí reconoce que el género vive un momento fértil. Subraya, además, que parte del atractivo del horror es que permite discutir temas sociales desde otra dimensión: “La película tiene un trasfondo político, aunque no esté explicitado. No quería que fuera panfletaria, pero el alacrán solo sabe picar”, dice entre risas.
Más allá de las etiquetas, Tormento se ubica como un proyecto construido desde la convicción estética y el riesgo personal de sus creadores. Una película de atmósferas, metáforas, sombras y decisiones que se sostienen en la actuación, en el diseño visual y en la voluntad de incomodar.





Deja un comentario