El Beso de la Mujer Araña | Especial

Volver a Puig: una historia que no se agota

Para Bruno Bichir, El beso de la mujer araña no es una historia que regrese por nostalgia, sino por necesidad. La obra de Manuel Puig —que ha transitado de la novela al teatro, del cine dramático al musical— reaparece porque sus preguntas siguen sin resolverse. ¿Cómo se infiltra el poder en la vida cotidiana? ¿De qué manera la violencia se normaliza? ¿Qué papel juega la imaginación frente a la opresión?

“El ser humano insiste en repetir los mismos errores”, dice el actor, convencido de que el arte tiene la responsabilidad de no permitir el olvido. En ese sentido, participar en esta adaptación cinematográfica del musical no fue un gesto casual, sino un posicionamiento. “No hay que dejar de hablar de estas cosas para que no vuelvan a suceder”, afirma.

Bichir reconoce que el proyecto llegó a él en un momento de coincidencias personales y profesionales. Desde hace años, la obra rondaba su universo creativo: como lector, como espectador y como actor. “No era un territorio ajeno”, explica. Puig no solo escribió una novela fundamental de la literatura latinoamericana, sino que él mismo la transformó en teatro, abriendo un camino de reinterpretaciones que hoy encuentra una nueva lectura cinematográfica.

A esto se suma otro cruce significativo: los autores del musical son los mismos de Cabaret, pieza clave en la trayectoria de Bichir. “Hay ciclos que se repiten porque los temas siguen siendo urgentes”, reflexiona. Así como se vuelve a los libros que marcaron una época personal, El beso de la mujer araña insiste porque sigue dialogando con el presente. El actor subraya que la película logra un equilibrio complejo: es profunda sin ser inaccesible, política sin ser panfletaria y emocional sin renunciar a la reflexión. Destaca el trabajo de sus compañeros de reparto, en especial el de Tonatiuh Elizarraraz, a quien considera una de las grandes revelaciones del filme. “Es un personaje que lo atraviesa por completo”, dice, convencido de que la película encontrará eco en el público mexicano.

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La seducción del sistema y el villano invisible

En esta versión de El beso de la mujer araña, Bruno Bichir encarna al director de la prisión, una figura que condensa la lógica del sistema represivo. No se trata de un antagonista estridente, sino de un personaje construido desde la ambigüedad, uno de los elementos que el actor considera más inquietantes del relato.

“El villano contemporáneo no necesita gritar”, explica. “Funciona desde la cercanía, desde la aparente cordialidad”. Para Bichir, esta forma de maldad es más peligrosa porque se camufla en la normalidad: en la oficina, en el trámite, en la jerarquía burocrática que parece inofensiva.

Su referencia no es el villano clásico que se asume como tal, sino aquel que seduce, persuade y manipula. “Te envuelve hasta que ya estás atrapado”, dice. Esa violencia silenciosa, que no siempre deja marcas visibles, es la que más le interesa explorar como actor.

Visualmente, la película refuerza esta idea. A diferencia de versiones anteriores, la prisión aquí es un espacio oscuro, cerrado, casi claustrofóbico. Bichir la describe como un búnker, un lugar sin escapatoria. “Eso la vuelve mucho más perturbadora”, señala. Frente a esa oscuridad, la fantasía cinematográfica que imagina Molina aparece como un respiro, pero también como una forma de resistencia.

El actor explica que esta tensión entre realidad y ensoñación convierte a la película en una experiencia múltiple. “Es como si convivieran varias películas al mismo tiempo”, comenta. Una habla del encierro físico, otra del refugio emocional y otra del contexto político que las atraviesa. Para construir su personaje, Bichir se apoyó en el cine político latinoamericano de los años setenta, en esas películas que hablaron del horror sin nombrarlo directamente porque hacerlo implicaba un riesgo real. “Eran obras hechas desde la urgencia y la censura”, recuerda. Esa herencia estética y ética está presente en el filme, aunque adaptada a un lenguaje contemporáneo.

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Memoria, arte y la pregunta incómoda

Al hablar del contexto actual, Bruno Bichir evita comparaciones simplistas. Reconoce que el panorama cultural enfrenta dificultades, pero insiste en que la situación de México no puede equipararse a la de países que han experimentado regresiones autoritarias más evidentes. “Cada país tiene su propio proceso”, señala.

Sin embargo, considera que El beso de la mujer araña funciona como un recordatorio incómodo: los sistemas opresivos no desaparecen, se transforman. Y muchas veces regresan de formas aparentemente inofensivas. “Empiezan como un favor, un trámite, una concesión”, dice. “Y de pronto están decidiendo sobre la vida de los demás”.

Por eso, más que provocar rechazo inmediato, su personaje busca generar reconocimiento. “No quiero que el público piense ‘qué monstruo’, sino que se pregunte qué tan cerca está ese personaje de su propia realidad”, explica. Esa cercanía es la que vuelve peligrosa la opresión: su capacidad de pasar desapercibida.

De cara al estreno, Bichir espera que el público viva la película como una experiencia completa, tanto emocional como intelectual. “El cine no es para anestesiar”, afirma. “Es para incomodar, para mover, para obligarte a mirar hacia adentro”.

Para el actor, El beso de la mujer araña plantea preguntas fundamentales sin imponer respuestas. ¿Qué hacemos con nuestra memoria histórica? ¿Qué tanto hemos aprendido del pasado? ¿Estamos atentos a las señales del presente? “La película es bella, incluso luminosa en muchos momentos”, concluye. “Pero esa belleza no es evasión: es una forma de resistencia”.

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